Lodo y las Lomas en Cirí Grande

Zachary McNish

            Llegué a Cirí Grande de Cacao en diciembre del año pasado, con mis botas sucias y el cuerpo cansado.  El carro de doble tracción había salido de la Chorrera, y me llevó hasta el pueblo de El Cacao, ubicado a una hora desde la Interamericana en las montañas del distrito de Capira.  Una vez en El Cacao, tuve que caminar dos horas a pie, sube, sube, y sube, y después baja y baja, con lodo hasta la rodilla.  Finalmente, crucé una quebrada y emergí de la sombra del bosque al pueblo de Cirí Grande.  Percibí el humo de fogones mezclado con neblina sobre la quietud del gran cuadro de fútbol.  A las orillas del cuadro, había una iglesia, un puesto de salud, una casa comunal, dos tienditas, y tres o cuatro viviendas de penca.  Los verdes cerros que los árboles y cultivos formaban, cercaban el centro del pueblo por todos lados.  A distancia, se podía observar al Cerro Cirí Grande subiendo arriba del campo. Esta comunidad de 600 habitantes sería mi hogar y lugar de trabajo por los próximos dos años como Voluntario de Cuerpo de Paz del programa de agroforestería.

            ¿Como había llegado a este lugar?  Me encontraba a unos 10,000 kilómetros de mi familia, con un idioma diferente y una cultura nueva.  Luego de graduarme de la universidad, sentí deseos de conocer más sobre el mundo, ver otros estilos de vida, aprender sobre culturas y personas diferentes a las que ya conocía, y hacer lo que pudiera para ayudar a gente que no había tenido las mismas oportunidades que yo.  Hice los trámites para convertirme en voluntario del Cuerpo de Paz, y después de un largo y complicado proceso, fui admitido.  Aunque mi carrera en la universidad era historia, yo había trabajado en la conservación de bosques y en la agricultura, y por lo que me asignaron al programa de agroforestería.  Llegué a Panamá en un grupo de veintiséis aspirantes a voluntarios.  Durante tres meses, vivimos con familias anfitrionas previamente selecionadas.  En este tiempo, fuimos entrenados en lo referente al idioma, costumbres y tradiciones de Panamá, así como en los aspectos técnicos de las programas del Cuerpo de Paz.  La llegada a Cirí Grande en ese momento significó para mi el fin del proceso para convertirme en Voluntario de Cuerpo de Paz, y, a la vez, el inicio de un nuevo camino por recorrer durante los próximos dos años.

            Mis primeros meses en la comunidad eran, sobre todo, un período para adaptarme y aprender.  Tuve que acostombrarme al lodo y a las lomas, a una nueva dieta, a siempre hablar en español, a tirar machete y a realizar más trabajo físico del que había hecho en toda mi vida.  En mi primera semana de trabajo allí, ayudé a cargar penca para un rancho.  Yo pensé que me iba a morir de lo pesado que era ese trabajo -- y sólo estuve cargando la mitad de lo que cargaron los panameños.  Yo creo que en esos primeros tres meses en Cirí Grande, comí más arroz del que había comido en toda mi vida hasta ese momento.  Poco a poco, me fui acostumbrando a la vida de los campesinos.  Ahora el camino que me llevó dos horas en recorrer cuando llegué en diciembre, me toma nada más una hora y media.  También puedo añadir que si no he comido arroz en el día, siento que me falta algo.  Me levanto y me acuesto con el sol, participo en lo que ellos están haciendo, y trato de ayudarles con el conocimiento y capacitación que tengo.

            Como voluntario del programa de agroforestería, promuevo la agricultura sostenible y orgánica, con énfasis en el uso de los árboles mezclados o intercalados con los cultivos.  Este trabajo incluye la conservación del suelo, estanques de arroz bajo fangueo, el manejo integrado de plagas, el uso de abonos verdes, y proyectos de reforestación, entre otros.  Mi trabajo lo realizo conjuntamente con el Ministerio de Desarrollo Agropecuario y la Autoridad Nacional del Ambiente.  Trabajo con diferentes grupos de la comunidad ya formados:  la granja sostenible del Patronato del Servicio Nacional de Nutrición, el vivero de árboles maderables del Proyecto de Desarrollo Rural Sostenible de Las Provincias de Coclé, Colón, y Panamá, los Padres de Familia de la escuela, y algunos otros grupos de productores.  También trabajo con comunidades aledañas como Bajo Bonito y Teriá Nacimiento.  A veces, yo les enseño algo nuevo, como por ejemplo, la manera de hacer un abono orgánico, o cómo se pueden utilizar los árboles leguminosos en la parcela.  Otras veces, soy yo quien aprendo, trabajando como cualquier otro socio del grupo, ayudando con el trabajo diario, ya sea limpiando un cultivo con machete o cosechando arroz.

            Cuando no estoy trabajando con grupos, trabajo con familias o individuos que quieren llevar a cabo un proyecto pequeño como una huerta casera o un estanque de arroz.  También he trabajado en algunas otras comunidades cerca de Cirí Grande para hacer parcelas demostrativas y dar charlas sobre temas que les interesan a los productores de ese pueblo.  Una o dos veces a la semana enseño inglés a un grupo de personas que desean aprender este idioma, y también a los estudiantes de quinto y sexto grado de la escuela.

            Yo sí que tengo una vida llena de actividades, trabajo, y proyectos, pero nada de esto sería posible sin el interés y apoyo de la gente de Cirí Grande.  Ellos siempre están muy abiertos a las nuevas ideas nuevas que traigo, y es el entusiasmo de los miembros de la comunidad lo que me da animo para seguir y ampliar los trabajos.  Además, he aprendido mucho de ellos.  Nunca deja de impresionarme lo que pueden ellos hacer con herramientas básicas y con sus conocimientos de la naturaleza.  Los campesinos pueden construir una casa completa con solamente un machete y una coa, usando materiales que se encuentran en el área.  Saben cuáles bejucos se deben usar para amarrar la penca y cuáles árboles dan la mejor madera, pero más que el conocimiento y sabiduría que ellos han compartido conmigo, la gente de Cirí Grande y de los otros pueblos aledaños me han brindado una sincera y cálida amistad con toda la cálida de sus corazones.  Me han aceptado como una parte de la comunidad, y me tratan con mucho cariño.  Son ellos, la gente de la comunidad, quienes le dan sentido a mi trabajo y a mi vida como Voluntario de Cuerpo de Paz.  Me siento sumamente agradecido por tan buena acogida en Cirí Grande.